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Profundas, muy profundas, dijo mi amigo. Luego nos dimos las buenas noches y yo me quedé pensando. Profundas quería decir lejanas en el tiempo, según el lenguaje cifrado que utilizábamos, lejanas en el tiempo, lejanísimas, es decir de millones de años atrás, es decir con los dinosaurios. ¿Quiénes eran los dinosaurios del PRI?, pensé. Varios nombres se me vinieron a la cabeza. Dos de ellos, recordé, eran del norte o tenían negocios allí. A ninguno de los dos lo conocía personalmente. Durante un rato estuve pensando en un amigo común. Pero no quería meter en ningún lío a ningún amigo. La noche, la recuerdo como si hubiera sucedido hace dos días y no hace años, era cerrada, sin estrellas, sin luna, y la casa, esta casa, estaba silenciosa y no se oía ni siquiera a los pájaros nocturnos que viven en el jardín, aunque yo sabía que mi guardaespaldas estaba por allí cerca, despierto, tal vez jugando al dominó con mi chofer, y que si tocaba un timbre no tardaría en aparecer una de mis sirvientas. Al día siguiente, a primera hora, después de pasar la noche sin dormir, tomé un avión a Hermosillo y luego un avión a Santa Teresa. Cuando le anunciaron al presidente municipal, al licenciado José Refugio de las Heras, que la diputada Esquivel Plata lo estaba esperando, dejó en suspenso todos los asuntos que tenía entre manos y no tardó en aparecer. Probablemente alguna vez nos habíamos visto. En cualquier caso yo no lo recordaba. Cuando lo vi, sonriente y obsequioso como un perrito, tuve ganas de abofetearlo pero me aguanté. Uno de esos perros que se mantienen erectos apoyados en las patas traseras, no sé si me explico. Perfectamente, dijo Sergio. Luego me preguntó si había desayunado. Le dije que no. Mandó a traer un desayuno sonorense, un típico desayuno de la frontera, y mientras esperábamos dos funcionarios vestidos de meseros se encargaron de preparar una mesa junto a la ventana de su oficina. Desde allí se veía la plaza vieja de Santa Teresa y la gente que iba de un lado a otro por motivos de trabajo o por matar el tiempo. Me pareció un lugar horroroso, pese a la luz, que parecía dorada, de un dorado ligerísimo por la mañana y de un dorado intenso y espeso por la tarde, como si el aire, en el crepúsculo, marchara grávido de polvo del desierto. Antes de empezar a comer le dije que estaba allí por Kelly Rivera. Le dije que había desaparecido y que quería que la encontraran. El alcalde llamó a su secretario, que se puso a tomar notas. ¿Cómo se llama su amiga, diputada? Kelly Rivera Parker. Y más preguntas:

el día que desapareció, el motivo de su estancia en Santa Teresa, edad, profesión, y el secretario apuntaba todo lo que yo iba diciendo, y cuando acabé de contestar sus preguntas el presidente municipal le ordenó que se fuera corriendo a buscar al jefazo de los judiciales, un tal Ortiz Rebolledo, y que lo trajera de inmediato a la municipalidad. No le dije nada de Salazar Crespo. Quería ver qué pasaba. El licenciado y yo nos pusimos a comer huevos a la ranchera.

Mary-Sue Bravo pidió a su jefe de redacción que la dejara investigar la desaparición del periodista de La Raza. El jefe de redacción respondió que probablemente Hernández Mercado se había vuelto loco del todo y que era posible que ahora estuviera vagando por el parque estatal de Tubac o por el parque estatal de Patagonia Lake, comiendo bayas y hablando solo. No hay bayas en esos parques, le dijo Mary-Sue. Pues entonces babeando y hablando solo, respondió el jefe de redacción, pero al final le encargó cubrir la noticia. Primero estuvo en Green Valley, en el local de La Raza, y habló con el director del periódico, otro tipo con pinta de bracero, y con el periodista que había escrito sobre la desaparición de Hernández Mercado, un muchacho de dieciocho años, tal vez diecisiete, que se tomaba muy en serio el trabajo de periodista. Luego fue a Sonoita en compañía del muchacho, y estuvo en la casa de Hernández Mercado, el muchacho le franqueó la entrada con una llave que dijo se guardaba en la redacción de La Raza, aunque a Mary-Sue le pareció una ganzúa, y en la oficina del sheriff. Éste le dijo que probablemente Hernández Mercado se encontraba ahora en California. Mary-Sue quiso saber por qué creía eso. El sheriff le dijo que el periodista tenía numerosas deudas (por ejemplo, debía seis meses del alquiler y el dueño de la casa pensaba echarlo) y que lo que ganaba trabajando en el periódico apenas le alcanzaba para comer. El muchacho refrendó, a su pesar, las palabras del sheriff: en La Raza pagaban poco porque era un periódico del pueblo, dijo. El sheriff se rió. Mary-Sue quiso saber si Hernández tenía coche. El sheriff dijo que no, que Hernández, cuando tenía que salir de Sonoita, se desplazaba en autobús. El sheriff era un tipo agradable y la acompañó hasta el apeadero de autobuses y estuvieron preguntando por Hernández, pero la información obtenida fue caótica e inservible.

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