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Pasadas las seis de la mañana Amalfitano se tiró en la cama sin desvestirse y se quedó dormido como un niño. A las nueve Rosa lo despertó. Hacía tiempo que Amalfitano no se sentía tan bien, aunque las clases que dio resultaron del todo ininteligibles para sus alumnos. A la una comió en el restaurante de la facultad y ocupó una de las mesas más apartadas y difíciles de localizar. No quería ver a la profesora Pérez, y tampoco quería encontrarse con los otros colegas y menos aún con el decano, que, según su costumbre, solía comer allí todos los días rodeado por profesores y unos pocos alumnos que lo adulaban sin parar. Pidió en la barra, casi subrepticiamente, pollo hervido y ensalada y se dirigió a toda velocidad a su mesa esquivando a los jóvenes que a esa hora llenaban el restaurante. Después se dedicó a comer y a seguir pensando en lo que había sucedido la noche anterior. Notó, con pasmo, que se sentía entusiasmado con los eventos que acababa de vivir. Me siento como un ruiseñor, pensó con alegría. Era una frase simple y gastada y ridícula, pero era la única frase que podía resumir su actual estado de ánimo. Procuró calmarse. Las risas de los jóvenes, sus gritos llamándose, el ruido de platos, no contribuían a hacer de aquél el lugar más idóneo para reflexionar. Sin embargo, al cabo de pocos segundos, se dio cuenta de que no existía un lugar mejor.

Igual sí, pero mejor no. Así que bebió un largo trago de agua embotellada (que no sabía igual que el agua de la llave, aunque tampoco sabía muy diferente) y se puso a pensar. Primero pensó en la locura. En la posibilidad, alta, de que se estuviera volviendo loco. Se sorprendió al darse cuenta de que tal pensamiento (y tal posibilidad) no menguaba en nada su entusiasmo.

Ni su alegría. Mi entusiasmo y mi alegría han crecido bajo las alas de una tormenta, se dijo. Puede que me esté volviendo loco, pero me siento bien, se dijo. Contempló la posibilidad, alta, de que la locura, en caso de padecerla, empeorara, y entonces su entusiasmo se convirtiera en dolor e impotencia y, sobre todo, en causa de dolor e impotencia para su hija. Como si tuviera rayos X en los ojos revisó sus ahorros y calculó que con lo que tenía guardado Rosa podía volver a Barcelona y aún le quedaría dinero para empezar. ¿Para empezar qué?, eso prefirió no responderlo. Se imaginó a sí mismo encerrado en un manicomio en Santa Teresa o en Hermosillo, con la profesora Pérez como única visita ocasional, y recibiendo de vez en cuando cartas de Rosa desde Barcelona, en donde trabajaría y terminaría sus estudios, en donde conocería a un chico catalán, responsable y cariñoso, que se enamoraría de ella y la respetaría y cuidaría y sería amable con ella y con el que Rosa terminaría viviendo y yendo al cine por las noches y viajando a Italia o a Grecia en julio o agosto, y la situación no le pareció tan mala. Después examinó otras posibilidades. Por supuesto, se dijo, él no creía en fantasmas ni en espíritus, aunque durante su infancia en el sur de Chile la gente hablaba de la mechona que esperaba a los jinetes subida a la rama de un árbol, desde donde se dejaba caer al anca de los caballos, abrazando por la espalda al huaso o al vaquero o al contrabandista, sin soltarse, como una amante cuyo abrazo enloquecía tanto al jinete como al caballo, los cuales se morían del susto o terminaban en el fondo de un barranco, o el colocolo, o los chonchones, o las candelillas, o tantos otros duendecillos, almas en pena, íncubos y súcubos, demonios menores que moraban entre la cordillera de la Costa y la cordillera de Los Andes, pero en los que él no creía, no precisamente por su formación filosófica (Schopenhauer, sin ir más lejos, creía en fantasmas, y a Nietzsche seguramente se le apareció uno que lo enloqueció) sino por su formación materialista.

Así que descartó, al menos hasta agotar otras líneas, la posibilidad de los fantasmas. La voz podía ser un fantasma, sobre eso él no ponía las manos en el fuego, pero intentó buscar otra explicación. Tras mucho reflexionar, sin embargo, lo único que se sostenía era la eventualidad del alma en pena. Pensó en la vidente de Hermosillo, madame Cristina, la Santa. Pensó en su padre. Decidió que su padre jamás, por más espíritu errante en que se hubiera convertido, utilizaría las palabras mexicanas que había utilizado la voz, si bien, por otra parte, el leve dejo de homofobia podía perfectamente aplicársele. Con felicidad difícil de disimular, se preguntó en qué embrollo se había metido.

Por la tarde dio otro par de clases y luego volvió caminando a casa. Al pasar por la plaza principal de Santa Teresa vio a un grupo de mujeres manifestándose delante de la municipalidad.

En una de las pancartas leyó: No a la impunidad. En otra: Basta de corrupción. Desde los arcos de adobe del edificio colonial un grupo de policías vigilaba a las mujeres. No eran fuerzas antidisturbios sino simples policías uniformados de Santa Teresa.

Cuando se alejaba oyó que alguien lo llamaba por su nombre.

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